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Terra
La Coctelera

POR AQUÍ PASÓ

Del meridiano hacia abajo era asarse como pollo embutido en una olla a presión, a mil grados celcios. O esa era la sensación térmica, al menos. Le empezaba a picar todo, especialmente los rincones más oscuros del cuerpo. El traje se estrechaba más en cada parada, y su panza se inflaba monstruosamente. Y no es que no estuviera bastante inflada desde siempre, pero con el calor empeoraba la hinchazón. Además, ni siquiera había chimeneas por las que bajar. Eso no facilitaba el trabajo para nada. Las casas eran pequeñas, estrechas, algunas casi se caían a pedazos y muchos de los techos estaban llenos de baches y cuarteaduras. El más leve toque del trineo las haría derrumbarse y jojojo, feliz y última navidad. Ni hablar de los polvos mágicos; siempre funcionaban mejor en un ambiente adecuado, o sea frío, nevado y blanco. Pero en esos parajes no había una pluma de nieve o brisa fresca, no a esa altura del año, y los polvos solían humedecerse hasta el punto que tendían a fallar en los momentos más inadecuados. Ni siquiera en las grandes casonas con chimeneas perfectas y aireadas estaba seguro en esas latitudes: una noche se había quedado atascado en una por casi dos horas. No sabía en qué momento se le había ocurrido extender su perímetro al resto del globo ni ese ritual de entrar por el techo y las chimeneas. Tenía que haber estado o muy entusiasmado o muy aburrido.

Por eso evitaba quedarse mucho tiempo en lugares como esos. Estacionaba el trineo en una ladera o una loma cercana y bajaba hasta las casas más aceptables para su peso y anchura, dejaba uno o dos regalos y partía un poco más abajo, muy rápido, más rápido cada vez a medida que el calor se hacía insoportable dentro del traje. Antes de que terminara la noche apuraba el paso para volver al norte y refrescarse con una buena bocanada de aire frío y una bebida en las rocas. Ah. Mejor. Y se dormía, agradecido de las grandes tiendas, el afán de consumo y la falta de fe, que harían menos notoria su discriminatoria negligencia.

NUESTRO PAN DE CADA DÍA

Era simple: soltarlas, en una ráfaga rápida, y alejarse de allí. Eso era. Activar el botón, sentir el peso de la nave aliviarse bruscamente, y seguir sin detenerse, como lo habían hecho tantas veces en los entrenamientos y simulacros por semanas y meses. No podía fallar. Ni siquiera por el dolor que empezaba a compactarle el estómago, ni por el creciente temblor que aflojaba sus piernas y sus manos sudorosas, mientras el objetivo se acercaba irremediablemente. A un minuto del objetivo levantó el seguro y posicionó el pulgar. Sintió el corazón sacudirle el pecho, y su aliento congelarse un breve segundo dentro de la mascarilla. Entonces lo vio.

El recuerdo se abrió tan nítido a través de las oleadas de sensaciones que lo sacudían, como un botón de luz estallando en la oscuridad. Una vez más estaba en la remota calle de su infancia, camino a casa, con la malla del pan balanceándose rítmicamente en su mano, los tres panes blancos girando sobre sí mismos, a medida que él corría o saltaba, tarareando una canción. Estaba feliz. Su madre había recibido el pago de la quincena y por fin probarían un trozo de pan de verdad. Y aunque el sentimiento de alegría lo embargaba poderosamente, el hambre raspaba, casi con la misma intensidad, la boca de su estómago, como un animal enjaulado dispuesto a romper su prisión. Ahora doblaría la esquina. Ahora correría dos cuadras más. Ahora llegaría a su casa. Ahora su madre repartiría el pan. Ahora comería. Ahora.

Cuando se detuvo en la esquina, refugiándose en un rincón, fuera del alcance de los que pasaban por la calle, su corazón tenía esa misma agitación, y sus miembros sudaban y temblaban con la misma angustia reprimida. Ahora. Apretó la malla contra su cara y olió la textura rugosa del pan. En un breve chispazo vio la cara de su madre, su expresión severa: Te vienes al tiro, no te quedes por ahí. Y cuidadito con comerte algo. ¿Estarían sus siete hermanos observando desde la esquina su llegada? ¿Les dolería también el estómago y las mandíbulas de tanta espera? Pero no estaban ahí. Y él sí. Y la bolsa de pan. Y su mano, temblorosa, abriéndola, sólo un poco, nada más, nadie lo notaría. Rápido. Un trozo, o dos. El sabor resonando en su boca salivosa, quemando, igual que las lágrimas al bajar por sus pequeñas mejillas mientras mordía y tragaba con desesperación, igual que el rostro de su madre llorando, gimiendo desolada, mientras sus hermanos peleaban la bolsa buscando el rastro de una miga o un olor.

Ahora. Su pulgar pulsó el botón y soltó la carga, y en la oscuridad de sus ojos cerrados imaginó también calles allá abajo, donde algún niño regresaba con la malla del pan, y se detenía de pronto, con un dolor abriendo sus entrañas, mientras por su cara, y la de su madre, corría un río de llanto que ardía como fuego bajo los restos de la desolación.

NOSOTROS

¿El mundo sigue igual, amigo mío? En la lejanía oigo su rumor a veces, cuando la madrugada baja cargada de recuerdos y los días pasan con la palpitante ansiedad de los que esperan su ocaso o su amanecer. No sé bien qué espero atado a este cadencioso ritmo: salir temprano, bajar quebradas, cultivar, esperar las próximas estaciones y escribir. Sí, escribir siempre. Con la misma inquieta avidez que se traduce una y otra vez en una sola pregunta: ¿el mundo sigue igual?

Y mientras mis manos, estos dos frutos pálidos y ya blandos en exceso, se mueven en una torpeza que les es propia (más propia conforme pasan los años), termino de guardar tus últimas palabras y me quedo sumido en las figuras de su recuerdo: los autos que pasan, los días ventosos de primavera, las faenas lejanas gimiendo en el atardecer (¿por qué siempre en el atardecer?) y las horas y los minutos marcando el pulso de una vida cada vez más hundida en sí misma, pero tan lejos de todo lo suyo. Me muevo sobre esos recuerdos como un náufrago a la deriva, en fuga inevitable, más fuga cuanto más elegida, más inevitable cuanto menos anhelada. Y este tono ceremonial de las palabras, viejas antiguallas desempolvadas de quién sabe qué reciente lectura. ¿Lo podrías creer? Signo de madurez o vejez, ¿quién podría decirlo? De aburrimiento, de desesperanza, de vuelta a los orígenes porque es más fácil cubrirse con el manto del misterio que sacudirse el polvo de lo fósil. Y lo fósil es lo futuro, lo hoy. Siempre lo fue. Lo supimos desde que nos vimos y abrigamos esperanzas. ¿Todavía las abrigas? Tal vez no, pero allí estás, en medio del mundo, esperando, lo mismo que yo, sólo que en su centro, desnudo y pisando sus calles para hacerte sentir, para que se oiga a sí mismo caminando a contracorriente, desequilibrado, roto, irreconciliable consigo. Otro.

Oyes su murmullo indiferente y sabes de su pasión hecha por espasmos de civilización dolorosa e incongruente, trizada en su mismo centro de resistencia vital, en permanente huida y rabioso florecimiento sobre un abismo de muertos vivos que pululan por sus calles, como una vez lo hicimos juntos, ¿recuerdas? Ahora te evoco en tu obstinada soledad, allá, en el mundo, siempre en retiro de ti mismo. O quizás no. Quizás tu persistencia es la forma correcta de luchar, amigo mío, y no esta espera cadenciosa de pregunta jamás contestada. Subes a un colectivo y entras en la fragua de la vida cada mañana, encendido como un carbón crepitante que se niega a apagarse definitivamente, a fundirse en la disolución final de toda ciudad. Hurgas en la maraña de las calles con la firmeza de un aguijón, tu presencia, la veo ahora, haciendo resonar sus pasos detrás y delante de otros pasos, sobrellevando aquel ritmo, pero imponiéndole su propia virulencia, su acompasamiento indesmentible. A veces te ven, no siempre, te presienten en la proximidad de su afán cotidiano de luces rojas, amarillas y verdes indicando hacia dónde debe ir el mundo. Los detienes a mirarte, a contemplar la leve cadencia de tus caderas planeando sobre el asfalto, sólo un poco, lo suficiente para notarlas abrigadas bajo la impecable vestidura ceremonial de la rutina y la perfecta aceptación de lo establecido. Luego un breve gesto con una de tus manos quizás, una blanca paloma que denuncia sus anhelos de libertad moviéndose a contrapelo en un espacio no hecho para ese gesto, una brizna de soltura en tus párpados al bajar la mirada o una mansa quietud ardorosa y hambrienta titilando en el fondo de una pupila escrutadora de otros cuerpos iguales al suyo. Roces, sonrisas, diminutas señales dejadas como prendas de disidencia y lucha ancestral. ¿Qué más?

Las palabras. También están las palabras. Su dulce vibración demasiado diáfana en un espacio donde tendría más sentido lo compacto y firme. Demasiado impertinentes ante las veladas sonrisas de una condena inocua, impotente y rabiosa por su propio fracaso. Luego salir hacia el atardecer del mundo, atravesar multitudes y ojos insidiosos, preparados, expertos en captar señales de inquietante revelación: vacuidad e ilusión. Y entrar aquí, a este reducto de soledad, opresivo y demasiado obtuso en su pequeñez, quizás porque no estás tú. Porque ya no es la carga compartida, la antorcha llevada y pasada de mano en mano al atravesar la ciudad. Ver tu carta sobre la mesita y leer. ¿El mundo sigue igual, amigo mío?, me preguntas. ¿Sabré responderte esta vez? ¿Sabrás que no conozco una respuesta exacta, ni siquiera medianamente nítida? ¿Sabrás que tomo cada una de tus preguntas (la misma y distinta cada vez por su onerosa antigüedad) y las deshecho como deshecho cada posible respuesta? Sí. No. Quizás. No sé. Contemplo por última vez la ciudad, encendiéndose como un mapa luminoso en la niebla, y pienso en la frágil y delicada cintura de una hormiga moviéndose, contoneándose día tras día, grano tras grano, como si cargara el mundo poco a poco, pedacito a pedacito, sobre sus nalgas voluptuosas, ignorante si ha logrado construir algo lo suficientemente grande para poder decir si algo del mundo ha cambiado al fin.

 

2005

EL RITO

En noches así, en que la calma pende sobre la ciudad casi como una penitencia incumplida y el hondo silencio ha cercado nuestras vidas con su cotidianidad insalvable, me abrazo a su cuerpo, muy cerca, y le susurro al oído hermosas promesas, como entonces. Pronuncio las palabras con esa cadencia de deseo postergado y anhelante, con esa urgencia venida de la ineludible necesidad de la piel, inaguantable, y digo jamás, amor, por siempre, dulzura, locura, sólo tú, Dios… Y mientras me voy hundiendo en el ansiado placer alcanzado, me vuelvo sobre mí mismo y el silencio de la noche retorna con su manto de oscuridad, dejando sobre nuestros sudores el peso muerto de nuestras vidas ya olvidadas de sí mismas, y parece susurrar también, no palabras, una palabra, sólo una, como un eco que se repite hacia el infinito de aquel ritual inminente: mentira, mentira, mentira, mentira…

OSTIONES

Lo peor es la humedad. Sobre todo en invierno, cuando una siente que el frío es un afilado cuchillo, una especie de eficaz bisturí dispuesto a incrustarse entre las junturas de nuestros huesos y abrir, despiadado, sus resistencias, hasta dejarnos en una intemperie gélida y absoluta, a expensas de todo tipo de virus y bacterias. Lo que menos se sienten son las manos: dos bultos que se mueven, entumecidos, como si no fueran parte de nosotras, afanosos, veloces y expertos (yo soy la más hábil y puedo hacer varios kilos en poco tiempo). Y por más que una quiera hacer algo por abrigar ambas, no puede, porque aunque una de ellas quede protegida bajo un guante de trabajo (que la mantiene bien a salvo y al abrigo de otro par de guantes más abajo), siempre hay que dejar una mano libre, que es con la que se tiene que trabajar, y se tiene que ser rápida, mover muy bien los dedos para poder manejar el cuchillo, incrustarlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar, incrustarlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar, hacer palanca, rápido, veloz, con pocas interrupciones (las necesarias para acudir a la imperiosa llamada de la naturaleza en un abrir y cerrar de ojos), sobre todo cuando la temporada está buena y hay posibilidad de hacer más kilos y más dinero.

Pero la humedad está en todas partes, y el frío, y cuando se incrustan en el cuerpo ya no hay quien los saque, y allí se quedan, para siempre, habitando en nosotras, sobre todo en nosotras, junto a nuestro corazón que, a veces, en noches oscuras y solitarias, tiembla un poco, y es también como un ostión, y el frío es como el cuchillo, afilado, cruel, que se incrusta, hace palanca, abre, saca, bota, toma, hace palanca, abre… Entonces pareciera que todo allá adentro se congelara en esa intemperie a la que queda entregado, y que ya no habrá forma de volver a sentir calor alguna vez. Y en esos días helados y grises, una termina de abrir el último ostión con un suspiro de cansancio, como si despertara de un agotador sueño, termina de pesar los preciosos kilos, se saca el desgastado, sucio y viejo delantal de trabajo, termina de bañarse (si hay agua caliente), se arregla y parte de vuelta a casa, pensando en un té caliente, en un volver cálido, en un cálido abrazo.

Pero la humedad está en todas partes, y el frío, sobre todo el frío. Y aunque unos brazos abracen y unos labios besen, y haya un destello de calidez por breves instantes, el frío siempre vuelve a instalarse allá al fondo, insistente, caprichoso. Y no sirve de nada afanarse en atender a los hijos, poner toda el alma en ordenar lo que durante el día ha olvidado su orden natural, perderse en una conversación de tono ameno. No sirve de nada. El frío y la humedad vuelven, siempre vuelven, despiadados. O tal vez no vuelven, tal vez sólo hacen valer su derecho de propiedad en algún lugar, en el fondo. Vuelven sobre todo cuando él me mira, cuando él me escucha, cuando quisiera decirle cosas que no se deben decir por temor a que las cosas jamás recuperen su orden natural. Vuelven cuando lo miro y quiero ser un cuchillo, un cuchillo afilado y férreo, incrustarme en su corazón y abrirlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar, hacer palanca… Entonces, no sé porqué, pienso: “Los ostiones son machos”. Sí, todos ellos, sólo ostiones, ostiones y machos. Entonces digo alguna palabra distinta de otros días, pero más que decir, la vislumbro en la lejanía, la enarbolo como una bandera blanca escrita con secretos sentimientos, la ondeo en la distancia, ante sus ojos, por si alguna vez miran, ven, y sus ojos son buenos, sinceros, pero por más que miran no ven, no entienden: no ven la bandera escrita allí, silenciosa en un gesto, en un comentario casual y palpitante (”No sé si pedir vacaciones ahora, ¿tú qué creí?”, “Había un vestido tan bonito el otro día en una vitrina”, “A veces tengo unos sueños raros; debe ser ansiedad, ¿cierto?”).

Entonces quisiera ser también un ostión, cerrarme en mi concha, abrigadita, allí, donde no pueda llegar el frío y la humedad. Pero no puedo. Por más que me comprimo contra mis secretos, contra mi alma, celosa y oculta, él siempre llega hasta allí, sobre todo por las noches. En las noches viene una ola de calidez traída por sus manos, sobre mi piel, entre mis piernas, contra mis labios. Entonces él me abre. Soy un ostión, un ostión frágil y gimiente. Y él un cuchillo, un cuchillo afilado e inexorable que se incrusta en mí, hace palanca, me abre, saca, bota, toma, se incrusta, hace palanca, me abre… Soy un ostión, húmedo y abierto, abierto a la intemperie del frío que vuelve con más vehemencia cuando él termina, se deja caer a mi lado, da media vuelta y se sume en sus sueños de ostión imposible, oscuro e inexpugnable. LPor eso debo levantarme cada mañana y, aunque haya sol, abrigarme bien, abrigarme y volver a la faena. Entrar a la ostionera, ponerme el delantal de trabajo, tomar el cuchillo (que yo misma confeccioné), un ostión y entonces incrustarlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar… Imaginándome que sí, que por fin soy un ostión, un ostión de verdad, un ostión que se descuelga por un arrecife hasta llegar al fondo de aguas cálidas en donde poder descansar y ser él mismo.

ESTA HERNIA INCURABLE

Siempre que me siento a escribir acerca de lo que sea que me impulse a hacerlo, me pregunto si esa extraña inmersión en el mundo de las letras y la teoría no es simplemente una forma de misantropía muy sofisticada. Entonces me consuelo pensando que tiene que haber de todo pa' que esto sea divertido, como decía hace tiempo una popular canción interpretada por Nidia Caro, la de los ojos brujos (¿quién se acuerda de ella hoy?). Es decir, que tienen que haber personas de acción y personas de pasión, pasando por todos los escalafones intermedios. Y se puede decir que en nuestro tiempo, por lo menos en muchas partes del mundo occidental, esta variopinta tipología de personas ha llegado a ganarse su espacio propio y llevan a cabo sus acciones y pasiones de una forma muy categórica, si no sólo hay que ver las anecdóticas noticias que transmiten de vez en cuando los noticiarios acerca de manifestaciones, declaraciones, suicidios masivos, etc., haciendo valer el derecho de escoger el propio sino, y ni qué decir de lo que se puede encontrar en la Red. Sin embargo, siempre he tenido la impresión de que estas diversas formas de afirmarse en el propio derecho de jugar un papel elegido por uno mismo, sin temores ni cuestionamientos de tipo moral como la tradicional exigencia de sentirse útil a la sociedad, por lo menos en el sentido tradicional del término, o sea en cuanto a acción social, están dadas en el mismo sentido en que Diógenes, en la antigüedad, hacía un agudo juicio a su propia época cuando, volviendo de los juegos Olímpicos le preguntaron acerca de la cantidad de gente que había asistido y él contestó algo así como: "Ciertamente vi una gran muchedumbre, pero pequeños hombres".

Acaso el juicio que trasluce esta irónica respuesta de Diógenes esté hoy más vigente que nunca y no sólo referido a unos juegos masivos, sino a la masividad esencial en la que ha caído la vida actual; esta masividad que tiene que ver precisamente con unirse a una especie de jolgorio moderno donde toda elección de vida es válida socialmente, y dudar de ello o pensar lo contrario sería poco menos que caer en un oscurantismo reaccionario, o peor, ser simplemente un redomado moralista (palabra que hoy se escupe como un insulto insoportable): pasarse la vida sentado frente a un computador con la intención de cambiar algo del mundo desde allí, no, ni siquiera esa opción hoy es muy valedera, o visitar a los enfermos en los días de fiestas y dedicar la vida a la acción social como un héroe de antaño. Si tiene que haber de todo pa' que esto sea divertido, entonces debo suponer que escribir acerca de esto y lo otro, como hacemos ahora aquí, debe tener alguna clase de valor muy profundo, pero no sé porqué a veces me detengo en medio de una frase y siento un apremiante vacío, algo así como una vieja hernia que quedó abierta y se niega a sanar del todo.